Inmersos en
la liturgia del Tiempo Ordinario, seguimos de cerca a Jesús meditando sus
palabras, observando sus signos y –sobre todo- estando atentos a su programa:
¡Dios es amor!¡Dios es perdón!
1.
En
dos ocasiones, Jesús, fue ungido: por la mujer pecadora (cuyo relato hemos
escuchado en este Domingo) y en Betania,
poco antes de que Jesús fuera detenido. El fondo del evangelio de hoy, entre
otras cosas, nos anima a cambiar de modo de vida. Es posible, ante la presencia
del Señor, mudar de actitudes, superar situaciones anómalas que pueden existir
en nuestra conducta. Superar aquellos puntos oscuros que, tal vez, no nos dejan
dormir o vivir en paz.
Dios, que es
amor y perdón, se nos revela con su comprensión. El mejor perfume, el supremo
aroma que podemos derramar sobre Jesús es precisamente ese: la renovación de
nuestras personas, de nuestros corazones. ¿Qué puede más en nosotros? ¿El
pecado o la gracia? ¿La mediocridad o el deseo de perfección? ¿El
arrepentimiento o la arrogancia?
Tal vez,
como cristianos, tendríamos que ser más afectuosos y cercanos con los que nos
rodean. Empujados por un ambiente racional e individualista se nos invita a la
distancia, a las dudas, a la desconfianza y al ¡sálvese quien pueda! Pero,
cuando alguien nos sonríe o nos echa una mano, enseguida sale la parte más
positiva de nosotros mismos. A la mujer pecadora le ocurrió lo mismo: al que
mucho se le perdonó, mucho amó. O dicho de otra manera; fue tan grande su
expresión de cariño y de adhesión a Jesús que, el Señor, le ofreció aquello que
más necesitaba esa mujer: su perdón, su reconocimiento, la recuperación total
de su dignidad.
2. No
podemos consentir que nuestra religión (relación con Dios) sea fría o caiga en
posturas distantes. Nuestra relación con Dios no es la de aquel funcionario
situado detrás de una ventanilla que, sin mirar a los ojos del cliente, atiende
por obligación y sin delicadeza.
Tenemos que
recuperar en nuestra vida cristiana algunos elementos típicos y sustanciales de
los principios cristianos: la comprensión y el perdón, la alegría y la
solidaridad, la sinceridad y la corrección fraterna. Ir en la dirección contraria no es bueno para
nuestra Iglesia. Evadir el perdón y la elegancia con los demás no es la mejor
fotografía de un buen cristiano. Podemos cambiar de vida, de modales y hasta de
actitudes. Todo será posible si, en el centro de lo que somos y vivimos,
colocamos al Señor. El nos hará sentir su fuerza y su valor. Su perdón y su
gracia. Su mano y su Espíritu.
Vivir con
Jesús es comprender como el comprende; amar como El ama; juzgar como El juzga;
salir al encuentro de las personas como El lo hace: anteponiendo siempre el
bien de las personas.
No es
cuestión, por supuesto, de presumir de nuestros errores. Mucho menos de estar
orgullosos de nuestras fragilidades. Es cuestión de ubicar al Señor de la Luz
en la oscuridad de nuestra noche y, en esa noche, dejar que Cristo ilumine
nuestro futuro.
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