Comienza
hoy la Iglesia
a presentarnos el “sermón de la montaña”, que nos acompañará durante bastante
tiempo. El sermón de la montaña es la proclamación de una nueva forma de ver la
vida, por parte de Jesús, para los que quieran ser discípulos suyos. Jesús nos
habla de actitudes o maneras de ser; a diferencia de lo que estaban
acostumbrados a escuchar a los fariseos o maestros de la ley, que hablaban de
leyes o normas concretas que debían cumplir.
Jesús
comienza con la proclamación de las bienaventuranzas. No son mandamientos, sino
actitudes de comportamiento o manera de vivir. Y comienza con una realidad que
todos deseamos: la felicidad. Todos queremos ser felices. Lo que Jesús nos dice
es que muchas veces equivocamos el sentido de felicidad o buscamos una
felicidad demasiado transitoria, como es la del mundo. El hecho es que Dios nos
ha creado para ser felices. De otra manera Dios no sería Padre bueno o no sería
todopoderoso.
En el evangelio
de san Juan aparece en varias ocasiones esta diferencia u oposición entre el
mundo con su manera de pensar y la manera de pensar y vivir de Jesús y sus
discípulos. No es fácil comprenderlo. Se necesita la gracia de Dios y muchas
veces aun los dones del Espíritu Santo. Jesús nos habla de una felicidad actual
con una promesa de una felicidad superior.
La
primera bienaventuranza, “felices los pobres de espíritu” o en el espíritu, es
como un resumen de todas las demás. Todos debemos ser pobres de espíritu, los
que tienen dinero y los que no lo tienen. Por lo tanto significa
“desprendidos”. Esto es porque hay mucha gente que no tiene dinero, pero tienen
el corazón apegado al dinero y a las cosas de esta vida. Y hay gente, que tiene
bastante dinero, y no está apegado a ello. Pero esto es mucho más difícil. Por
eso en el evangelio de san Lucas Jesús se fijará en esta circunstancia externa
y exclamará: “Dichosos los pobres”, los que no tienen dinero, porque están más
preparados para ser pobres de espíritu.
Esto
quiere decir que si uno desea verdaderamente ser pobre de espíritu, debe tender
también a ser pobre de verdad, como manera normal de vivir. Es algo así como
los religiosos que, como ideal, buscan cumplir el voto de pobreza.
Esto no
es sólo para mejor cumplir el evangelio, sino para mejor imitar a Jesús en su
vida. De hecho hay algo esencial en nuestra vida cristiana y es la relación que
debemos tener con Dios, confiando siempre en Él. Es una actitud de estar en las
manos de Dios. Y si así vivimos, Dios nos sostendrá para vivir en la felicidad
eterna y muchas veces sentir esa felicidad ya en esta vida.
En
cuanto a las demás bienaventuranzas, no es que diga Jesús que uno es feliz por
el hecho de llorar o ser perseguido, por ejemplo. Se trata de la actitud de
perdón o de sentir estar con Dios en los momentos en que parece que todo nos va
bien o en los momentos en que las cosas materiales nos son adversas.
Las
bienaventuranzas están plenamente unidas con el mandamiento del amor, que
además de mandamiento es una actitud constante del cristiano. Si uno busca ser
pobre de espíritu es porque el amor a Dios nos invita a sentirnos en sus manos
ahora para estar plenamente en sus manos durante la eternidad. Y están unidas
al amor al prójimo, porque ser desprendido es lo contrario al egoísmo.
Ser
manso es lo contrario al que usa la violencia. De hecho manso es el que se
violenta a sí mismo para no violentar a los demás. Por eso busca la paz y por
eso es misericordioso con todos. Esta misericordia es necesaria sobre todo para
perdonar.
Jesús
promete el “Reino de los cielos”. Un día será en la eternidad; pero aquí el
Reino de Dios está ya dentro de nosotros y quien está con Dios sabe estar
alegre cuando las cosas van bien y cuando parece que van mal.
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