Jesús
les estaba enseñando a los apóstoles a orar. Ahora les enseña la manera
concreta. Y lo primero que les dice es que para orar no hace falta decir muchas
palabras; en la oración lo importante es ponerse en contacto con Dios. Lo
importante no son las palabras sino los sentimientos. De hecho la palabrería
suele ser falta de fe, lo importante es la relación que se promueva con Dios y
lo que El haga con nosotros.
Jesús
sabe que somos humanos y, aunque sepamos que Dios conoce nuestras necesidades,
debemos exponerlas. Lo primero que nos enseña es a invocar debidamente a Dios.
Y la mejor manera es llamándole: “Padre”. Esta oración del Padrenuestro la
podemos hacer como individuos, pero está concebida por Jesús para hacerla en
comunidad.
La
primera parte de la oración es: “Santificado sea tu nombre”: Quizá más claro
sería la traducción que algunos hacen: “Proclámese ese nombre tuyo”. Significaría
que queremos que todos se enteren del nuevo nombre de Dios, a quien Jesús nos
invita a llamar “Padre”. En un mundo donde predomina el odio, la
venganza y la crueldad pedimos que se instaure el Reino de Dios, que es reino
de justicia, de amor y de paz. Instaurar el Reino o reinado de Dios fue el tema
principal o clave en la predicación de Jesús, especialmente promulgado y
expresado en las bienaventuranzas. Cuando después pedimos que se cumpla su
voluntad, no es que pedimos tanto que se cumpla su voluntad con relación a cada
acto de nuestra vida, sino que su designio de salvación sobre el mundo se haga
realidad.
En
la segunda parte pedimos para nosotros. Está bien pedir el alimento de cada
día; pero dicen los técnicos que eso “de cada día” es difícil la traducción del
original, y más bien debería ser “del mañana”. Con lo cual Jesús nos enseñaría
a pedir para hoy que el banquete anunciado para los últimos tiempos se haga ya
una realidad desde ahora. Sería pedir sobre todo el alimento espiritual para
nuestra vida. Pero está bien el pedir también el alimento de cada día, que es
una oración llena de fe y limitada, pues no pedimos riquezas ni seguridades
para toda la vida, sino estar en las manos de Dios.
Muy
importante es el pedir que nos perdone o cancele nuestras deudas, tan
importante que terminada la oración, repite esta intención. Pero lo interesante
aquí es que Jesús nos enseña a pedir que Dios cancele lo mucho que le debemos,
cuando vea que nosotros cancelamos las deudas que otros nos tienen. Y cuando se
habla de deudores se entienden los “ofensores”; por lo tanto los enemigos y
perseguidores.
Luego
pedimos que no nos deje caer en la tentación del poder, del prestigio, del
dinero, etc. y que nos libre del mal. Este mal está representado por “el malo”,
que es Satanás, el tentador contra Jesús, el que desea que no vivamos como
hijos de nuestro Padre Dios. Mal es todo lo que dañe nuestra vida espiritual,
sobre todo el pecado.
Ojalá,
amigos, que de vez en cuando recitemos esta oración muy despacio. Que sea un
tiempo de estar a solas con nuestro Padre Dios no sólo para hablarle, sino para
escucharle en nuestro corazón y que sus proyectos se realicen en nosotros.
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