El domingo pasado veíamos cómo Jesús, después del trabajo misionero de los apóstoles por aquellos pueblos, les quiso dar unas pequeñas vacaciones retirándose a un lugar tranquilo; pero veíamos cómo la multitud de gente, deseosa de escuchar la palabra de Jesús, les fue siguiendo, de modo que Jesús tuvo que comenzar de nuevo a enseñar su palabra y a instruirles sobre las cosas del Reino de Dios. Pues bien, así siguieron todo el día y, como estaban en terreno más bien desierto, se encontraron con un problema. Y es que la mayoría de la gente, por el deseo de seguir a Jesús, no había llevado comida y el hambre se cebaba en toda aquella multitud.
Hoy se nos narra el
gran milagro de la multiplicación de panes y peces. Tuvo que hacer mucho
impacto entre la primitiva cristiandad, pues es de las pocas cosas que narran
los cuatro evangelistas, y dos lo narran dos veces. Hoy, después de la
narración el día anterior del evangelio de Marcos, se nos expone este milagro
narrado por san Juan. La razón principal es para continuar en los domingos
siguientes exponiéndonos la proclamación de la Eucaristía que hará
Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. San Juan emplea el milagro como un signo que
le sirve para introducir esa proclama.
Jesús se da cuenta de
la necesidad que tiene la gente y busca alguna solución. Esto ya es una
enseñanza para nosotros. En el mundo hay muchas necesidades en todos los
sentidos, materiales y espirituales. Algo debemos hacer. Seguramente podremos
muy poco, pero eso poco es lo que nos pide el Señor. Jesús “ya sabía lo que iba
a hacer”. Así nos dice el evangelista; pero quiere la colaboración de los
suyos. Habla con Felipe y Andrés. Solían ir juntos, pues eran muy amigos y del
mismo pueblo. Felipe calcula sobre la cantidad de dinero que haría falta, pero
no tiene confianza. Andrés encuentra una solución, un muchacho tiene unos
poquitos panes y peces; pero es una solución tan pequeña, que le falta
confianza: “¿Qué es para tantos?” A Jesús le basta eso poco. Dios no suele
hacer las maravillas del espíritu con grandes medios materiales. Así se ve en
toda la Sagrada
Escritura : lo débil vence a lo fuerte, no en el sentido
material, sino en el espíritu. Porque lo débil material con la fuerza del
espíritu hace maravillas. Así pasó con aquel muchacho y con aquellos pocos
panes. El evangelista acentúa la pobreza de aquellos panes, diciendo que son de
cebada. Hace más para la gloria de Dios quien, valiendo poco, lo da todo, que
quien, valiendo mucho, se reserva egoístamente una parte para sí. A Dios le
encanta la humildad entregada.
La gente al final
quedó entusiasmada. Jesús había hecho algo que era muy bíblico: el dar
milagrosamente de comer. Algo así como el maná del desierto o el agua o las
codornices. Esto era señal de que era el Mesías. Esto era cierto; pero lo que
no era verdadero era la idea que tenía la gente sobre la mesianidad. Muchos
sólo tienen ansias materialistas y le quieren hacer rey a Jesús. Piensan que
con tener a Jesús han solucionado el problema del hambre y de las ansias
materiales. Pasa hoy día en algunos que se acercan a la religión y a la Iglesia , pensando sólo en
solucionar problemas materiales. Dios quiere esto también. Por eso vemos
cuántas cosas ha solucionado la religión, y específicamente la Iglesia , en problemas de
hambre y de enfermedades. Pero Dios quiere el bien total, que no sólo es la
salvación del alma, sino la fraternidad, la justicia y la paz. Todo ello se
conseguirá si hay amor.
Es muy posible que
los apóstoles participaran en este entusiasmo popular. El hecho es que Jesús,
viendo todo ello, les mandó a los apóstoles que se fueran a la barca, despidió
a la gente y se fue solo dentro del bosque para orar. Aquel entusiasmo
materialista de la gente era como una tentación para Jesús. Muchas tentaciones
debemos vencer con la oración, pues muchas veces de lo espiritual sólo buscamos
soluciones materiales. Lo que Dios medirá al final y premiará será el grado de
amor que hayamos puesto en la decisión de que Dios actúe a través de lo
nuestro.
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