sábado, 5 de diciembre de 2015

DOMINGO 2º ADV-2015 (C)

Creer y esperar

Hay cierta diferencia en la visión que se tiene de la realidad y de la historia, y esa diferencia tiene mucho que ver con el culto y la práctica religiosa, porque de ahí proceden miradas, interpretaciones y posturas ante la Historia grande y ante la historia pequeña, la de cada día, que, un día tras otro, forma la grande, la de todos.

Baruc, tiene que vivir en un tiempo duro, como todos. Mira la vida con la crudeza del realismo al que el sufrimiento acostumbra. No puede prescindir del dolor que padecen él y los suyos, por eso lo tiene en cuenta y no se hace ilusiones sobre la vida. Pero invita a la alegría y a la esperanza, a pesar de todo. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo hacemos nosotros los creyentes que nos distinguimos de los no creyentes por la esperanza que nos mantiene a pesar de lo que ocurre a nuestro alrededor?

La esperanza se alimenta o muere
La esperanza no es un caramelo que regalan en cualquier esquina cuando pasas para endulzarte la mañana. No es una marca en la piel que se conserva indeleble pase lo que pase y porque sí. La vida no da muchos motivos para ver en ella razones que la alimenten. Ni nosotros somos tan consistentes que podamos dar base sólida a un futuro mejor.

La esperanza, como la vida y las personas, necesita alimentarse continuamente para no quedar estancada y muerta. Necesita ejercicios frecuentes que la mantengan ágil y viva. Ese fue un descubrimiento muy antiguo en el mundo de las religiones. El culto comunitario tiene la función de revitalizar siempre una esperanza amenazada por la realidad de cada día. Porque una mirada al mundo y a la historia es un desafío permanente que critica y pone en duda la posibilidad de una salida positiva a lo que vivimos. Y en el culto, en la práctica religiosa, marcada por la vida, acostumbramos nuestros ojos a mirar la vida de otra manera, desde otra perspectiva que nos aporta la confianza en Dios.

La esperanza está en Dios

Lucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada. Ahí es donde nace la verdadera esperanza. Eso requiere cuidados visuales. Personas que limpien nuestros ojos de cegueras totales o de impedimentos extraños. Esa es la función de los profetas, antiguamente, y de la comunidad hoy.

Necesitamos allanar montañas que impiden ver el horizonte. Rellenar valles de precipicios y vacíos vitales. Señalar direcciones de orientación. Animar tantos desencantos y desesperanzas. Enseñar a leer los signos y señales de la presencia de Dios entre nosotros. Porque Él, misteriosamente, está en la vida.
La esperanza aparece siempre en el mundo y en nuestras vidas. Hace penetrar en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. La esperanza no está en manos de los poderosos. En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.
En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del «Bautismo», punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: «Preparad el camino del Señor».
Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión».
Un grito estridente y doloroso se escucha hoy en nuestra sociedad contemporánea. Es la voz de los marginados, los indefensos, los atropellados, los ancianos, los humillados, los manipulados, los desprovistos de toda defensa ante las injusticias de los más poderosos.
La salvación viene siempre de una palabra de Dios. Y esta palabra se nos dirige incesantemente a todas las personas también hoy, aunque raramente encuentre a alguien que la escuche en su corazón.


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