Este
tercer domingo se llama: “Domingo de la
alegría”. Nos dice la palabra “Regocijaos” porque está ya cerca la Navidad.
Hoy la liturgia nos invita a una alegría sincera y profunda, que es un don del
Espíritu, que no tiene directa relación con el placer o la comodidad o la
fortuna, ni es cuestión de temperamento, sino de la gracia y del saber que “el
Señor está cerca”.
Ya
en la primera lectura de la misa el profeta Sofonías alienta a la alegría,
porque la alegría es la emoción más bienvenida en la vida humana. Y es
exultante, cuando es inesperada e irrumpe en la mediocridad de nuestras vidas. Pero
es san Pablo, en la segunda lectura, quien de una manera más imperiosa y
urgente nos dice que debemos estar alegres. Y lo repite. Por lo tanto no se
puede seguir a Cristo siendo triste. Santa Teresa decía: “Un santo triste es un triste
santo”. Quería decir que era un santo falso o que no lo era.
No
es fácil estar alegres en medio de tantas contrariedades como vemos en la vida.
Un autor dice: “Esto de la alegría es cosa seria”. La alegría debe notarse
externamente. Hoy mismo lo dice san Pablo: “Que vuestra amabilidad (fruto de
la alegría interna) sea conocida por todos”. Y sigue diciendo que nada
nos debe preocupar hasta el punto de caer en la tristeza y en la depresión. Y
esto porque “el Señor está cerca”.
Esa
cercanía la vivimos ahora en la
Navidad. En esos días recordamos y revivimos la presencia de
Dios hecho hombre entre nosotros. El Señor nos recuerda que vive en la Eucaristía y debe vivir
en nuestro corazón por el amor. Esto es lo que nos debe llenar de
alegría profunda: Dios nos ama y no nos abandona. El cristiano espera que un
día Cristo Jesús pueda decirnos, en su última venida: “Entra en el gozo de tu
Señor”.
Pero
también la alegría interior del corazón debe manifestarse en obras de amor. Hoy
es día también para que nos preguntemos: ¿Qué debo hacer? Esto le preguntaban a
Juan el Bautista las personas que habían sentido sus palabras entrar en su
corazón y estaban en proceso de conversión. Hoy nos presenta la Iglesia ese diálogo de la
gente que le pregunta al Bautista y las respuestas del santo, que son también
para nosotros.
Lo
primero que pide Juan es el desprendimiento de bienes para compartir con quien
no tiene. Ese entra de lleno en el espíritu de la Navidad. Y, es algo que Jesús
pedirá a los que quieran ser sus discípulos: estar dispuestos a renunciar a
todo para estar disponibles para el bien de los demás. Una clase de personas
que le preguntaba eran cobradores de impuestos, que solían aprovecharse de la
gente. A éstos les dice que no exijan más de lo debido. En nuestra vida no se
trata sólo de dinero; pero la verdad es que a veces por seguir nuestro egoísmo
exigimos a otros lo que no debemos. El Señor nos pide que nos preparemos como
un momento jubilar para renovarnos en gracia y espiritualmente. Nos recuerda que
nos debemos percatar de la presencia de personas en nuestro entorno que están
cansadas y agotadas, perdidas y sin guía, que nos necesitan. Hacer de la
misericordia y la solidaridad la clave de la vivencia en esta Navidad y
siempre. Este acento lo tenemos que poner de relieve en nuestras celebraciones
y que se note la compasión y la misericordia como un programa para nuestras
iglesias.
Si
el amor es profundo hacia Dios y hacia los demás, quizá tendremos que sufrir;
pero en lo más hondo del alma brotará la alegría sincera, que nos proporcionará
la paz por la presencia de Dios.
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