viernes, 9 de octubre de 2015

28ª semana del tiempo ordinario. Domingo B-2015: Mc 10, 17-30


Iba Jesús caminando entre sus discípulos y otras gentes que le seguían con motivaciones muy distintas, muchas llenas de admiración, cuando viene uno se arrodilla y, teniendo en gran aprecio a Jesús, le llama: “Maestro bueno”. Es un joven bueno, no un pecador, y le pregunta sobre algo esencial en nuestra vida: “¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le responde diciendo que debe cumplir los mandamientos. Y le cita unos cuantos. Aquel joven, como dije, es bueno y los ha cumplido todos. Alguno de nosotros le diríamos: ¡Qué bien, sigue así! O quizá alguno le provocaría a la soberbia alabándole y comparándole con tantos jóvenes que viven perdidamente.
A pesar de su entrega, Jesús quiere más. Y quiere más de él precisamente porque le ama. A veces tenemos miedo de que Dios nos pida algo. Y por eso no nos atrevemos a dar lo que nos pide, porque nos va a pedir más. Esto es cierto, si nos pide más es porque nos va a dar más. Y lo que nos pide es para nuestra felicidad. No es fácil entenderlo, sobre todo si se está apegado a las cosas materiales.
A veces, cuando leemos este evangelio, nos quedamos tan tranquilos porque creemos que, las palabras duras que pronuncia Jesús van contra los que tienen riquezas y, que no nos atañen a nosotros. Antes ya he dicho que Jesús no se está dirigiendo a ningún pecador, sino a quien cumple todos los mandamientos. Así Jesús se está dirigiendo a quien va a misa todos los domingos, que no hace ningún mal a nadie, que está casado normal y amando a su esposa (o), que no hace trampas en los negocios, no habla mal de otros y cuida a sus padres. ¿Entonces? Jesús quiere más: que no estemos atados a las riquezas. Hay varias clases de riquezas, a las cuales estamos atados. Pueden ser negocios, que impiden tener tiempo, no sólo de ir a misa, sino de reuniones para la caridad o para grupos de apostolado. Pueden ser amigos o amigas que nos hacen gastar mucho dinero que podría ser para los pobres u obras de apostolado. Pueden ser las ataduras a juegos, diversiones, que nos impiden tener suficiente paz en la familia.
Jesús hoy dice que las riquezas impiden entrar en el Reino de los cielos. No son las riquezas como tales, ya que ha habido santos ricos y reyes; pero es muy difícil. Tan difícil como lo del camello pasando por el ojo de una aguja. Es una de aquellas frases populares, que Jesús usaba, para expresar mucha dificultad. No es lo mismo tener veneno que envenenarse; pero si no nos queremos envenenar procuraremos no tenerlo constantemente a nuestro alcance. Lo que Jesús nos pide es que, si queremos seguirle de cerca, debemos tener el corazón libre de ataduras mundanas. Esto es porque hay pobres, gente sin dinero, que están muy atados a los bienes materiales: en lo poco que tienen y sobre todo en cuanto el deseo. Por el dinero vienen muchos males, como la mayoría de las guerras, odios e infidelidades.

Así que estas expresiones son para todos. El mismo san Pedro se espantó y se sintió aludido y por eso exclamó que lo habían dejado todo. Todavía pensaba en una recompensa material que les diera Jesús. Y ciertamente nos dice que habrá una recompensa muy grande para aquel que quiera tener el corazón libre pensando en seguir al Señor. Esa recompensa muchas veces se verá en esta misma vida por la alegría que da el seguir al Señor. La historia nos dice que las riquezas endurecen el corazón y muchas veces sienten la tristeza, como le pasó a aquel joven, o como más trágicamente le pasó a Judas Iscariote. Jesús no nos propone un programa social, sino una actitud de libertad en el corazón. Se pueden tener bienes, pero esos bienes deben servirnos para amar más a Dios y hacer el bien a los demás.

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