Iba Jesús caminando
entre sus discípulos y otras gentes que le seguían con motivaciones muy
distintas, muchas llenas de admiración, cuando viene uno se arrodilla y,
teniendo en gran aprecio a Jesús, le llama: “Maestro bueno”. Es un joven bueno, no un pecador, y le pregunta
sobre algo esencial en nuestra vida: “¿Qué he de hacer para alcanzar la vida
eterna?” Jesús le responde diciendo que debe cumplir los mandamientos.
Y le cita unos cuantos. Aquel joven, como dije, es bueno y los ha cumplido
todos. Alguno de nosotros le diríamos: ¡Qué bien, sigue así! O quizá alguno
le provocaría a la soberbia alabándole y comparándole con tantos jóvenes que
viven perdidamente.
A pesar de su
entrega, Jesús quiere más. Y quiere más de él precisamente porque le ama. A
veces tenemos miedo de que Dios nos pida algo. Y por eso no nos atrevemos a dar
lo que nos pide, porque nos va a pedir más. Esto es cierto, si nos pide más es
porque nos va a dar más. Y lo que nos pide es para nuestra felicidad. No es
fácil entenderlo, sobre todo si se está apegado a las cosas materiales.
A veces, cuando
leemos este evangelio, nos quedamos tan tranquilos porque creemos que, las
palabras duras que pronuncia Jesús van contra los que tienen riquezas y, que no
nos atañen a nosotros. Antes ya he dicho que Jesús no se está dirigiendo a
ningún pecador, sino a quien cumple todos los mandamientos. Así Jesús se está
dirigiendo a quien va a misa todos los domingos, que no hace ningún mal a
nadie, que está casado normal y amando a su esposa (o), que no hace trampas en
los negocios, no habla mal de otros y cuida a sus padres. ¿Entonces? Jesús quiere
más: que no estemos atados a las riquezas. Hay varias clases de riquezas, a las
cuales estamos atados. Pueden ser negocios, que impiden tener tiempo, no sólo
de ir a misa, sino de reuniones para la caridad o para grupos de apostolado.
Pueden ser amigos o amigas que nos hacen gastar mucho dinero que podría ser
para los pobres u obras de apostolado. Pueden ser las ataduras a juegos,
diversiones, que nos impiden tener suficiente paz en la familia.
Jesús hoy dice que
las riquezas impiden entrar en el Reino de los cielos. No son las riquezas como
tales, ya que ha habido santos ricos y reyes; pero es muy difícil. Tan difícil
como lo del camello pasando por el ojo de una aguja. Es una de aquellas frases
populares, que Jesús usaba, para expresar mucha dificultad. No es lo mismo
tener veneno que envenenarse; pero si no nos queremos envenenar procuraremos no
tenerlo constantemente a nuestro alcance. Lo que Jesús nos pide es que, si
queremos seguirle de cerca, debemos tener el corazón libre de ataduras
mundanas. Esto es porque hay pobres, gente sin dinero, que están muy atados a
los bienes materiales: en lo poco que tienen y sobre todo en cuanto el deseo. Por el dinero vienen muchos males, como
la mayoría de las guerras, odios e infidelidades.
Así que estas
expresiones son para todos. El mismo san Pedro se espantó y se sintió
aludido y por eso exclamó que lo habían dejado todo. Todavía pensaba en una
recompensa material que les diera Jesús. Y ciertamente nos dice que habrá una
recompensa muy grande para aquel que quiera tener el corazón libre pensando en
seguir al Señor. Esa recompensa muchas veces se verá en esta misma vida por la
alegría que da el seguir al Señor. La historia nos dice que las riquezas
endurecen el corazón y muchas veces sienten la tristeza, como le pasó a
aquel joven, o como más trágicamente le pasó a Judas Iscariote. Jesús
no nos propone un programa social, sino una actitud de libertad en el corazón.
Se pueden tener bienes, pero esos bienes deben servirnos para amar más a Dios y
hacer el bien a los demás.
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