El Evangelio de hoy nos habla de la
habitación de Jesús. No de la física, de las cuatro paredes y la puerta, sino
del lugar de su descanso. El Evangelio nos cuenta la actividad de Jesús: cura,
enseña, expulsa demonios…, y reza. Esa es la “habitación” de Jesús: la oración,
el trato con su Padre. Todos tenemos mucho que hacer, la agenda está llena de
ocupaciones (excepto uno que yo conozco, ¡bendito sea!). Y tenemos el peligro
de hacer de la oración un apunte más en la agenda, otra actividad más. Y dentro
de la multitud de cosas pendientes para hacer, que dejamos para otro momento,
puede ser que la oración entre dentro de una de ellas. O sea, de esas cosas que
empezamos tarde y acabamos pronto, o que ante cualquier interrupción se corta y
ya se seguirá…, o no.
Hoy
especialmente un hijo de Dios tiene que ser muy activo, pero sin caer en el
activismo. Muchas veces al día tiene que irse a su “habitación” y hablar con su
Padre Dios. Busca el mejor momento para hacerlo.
Hace unos meses
publicaban en algunos periódicos que muchos hombres importantes de negocios se
estaban acostumbrando a levantarse a las 4 ó 5 de la mañana para sacar un rato
de trabajo sin que les molestasen los correos electrónicos, ni las llamadas, y
estaban muy orgullosos de cómo les rendían esas horas. Si hay personas que los
hacen por dinero ¿no lo harás tú por Dios? No podemos pedir a una madre o padre
de familia que se levante a las 5 de la mañana, pero no tengas miedo a buscar
tu rato para Dios y defenderlo. Cuando se consigue un rato sólo para Dios se
puede estar con Dios todo el rato. Empezando el día de la mano de tu Padre Dios
las “urgencias” se atenúan, las prisas se moderan, las voces interiores se
acallan y los enfados se disipan. También es muy bueno que rece el matrimonio
juntos, aunque sólo sean 5 minutos antes de despertar a los niños. Cada uno
sabrá el tiempo que tiene, en la oración no hay tiempos pequeños ni demasiado
grandes. No hay que engañarse en no rezar porque tenga solo cuatro minutos al
día, pues ¡benditos cuatro minutos!, ni holgazanear ante la televisión porque tenemos
tres horas libres. ¡Benditas tres horas! Lo
fundamental es rezar y con constancia. Y luego llenar el día de
oraciones, aunque sólo sean de unos pocos segundos. ¡Qué distinto sería el
mundo si todos rezásemos aunque sólo fueran 15 minutos al día! No podemos
obligar a nadie a rezar, pero podemos empezar nosotros. De la mano de María
contempla a su Hijo, habla con Él, cuéntale cosas, verás que rápido se te pasa
el tiempo y estarás deseando estar más tiempo en la habitación con Jesús.
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