Los domingos del tiempo ordinario nos
deben ayudar a conocer mejor la persona de Jesús y sus mensajes. Con ello
iremos logrando que nuestra vida se asemeje un poco más a la suya y así conseguiremos
más la finalidad para la que hemos sido creados.
San Juan Bautista nos da hoy un testimonio
grandioso de la personalidad de Jesús porque había tenido una especial
manifestación: Había visto la acción de Dios por medio del Espíritu sobre
Jesús. Había
sido para Jesús una experiencia espiritual de esas que hacen impacto en el alma
y nos impulsan a la acción. Juan nos dice que no le conocía. Es posible que se
conocieran externamente como de familia; pero ahora Dios, por esa experiencia,
le había dado un conocimiento superior. También nosotros, si queremos testificar
a Jesús, no debemos contentarnos con un conocimiento externo o sólo intelectual
de Jesús, sino que debemos tener experiencia en nuestro interior de quién es
Jesús y de que está entre nosotros (Nadie puede o debiera hablar de Dios sino
tiene fe en él y vive lo que dice).
Este
domingo sigue todavía con las epifanías o manifestaciones de Jesús. “He
aquí el Cordero de Dios”. Nosotros estamos acostumbrados a escuchar
esta expresión varias veces en la misa ¿Lo recordamos? Los israelitas lo
estaban también por las Escrituras y por los sacrificios en el templo. Ya en el
Éxodo aparece el cordero pascual, cuyo cuerpo es alimento y su sangre les salva
de la muerte. El profeta Isaías en uno de los cánticos del siervo de Yavé (Is
53) presenta al cordero inocente que carga con nuestras culpas. En el N.T.,
para san Pablo (I cor 5, 7-8), Cristo es nuestro cordero pascual inmolado. Y en
el Apocalipsis aparece el Cordero inmolado que es aclamado por la multitud.
Cuando
los judíos ofrecían en el templo un cordero como sacrificio a Dios, en realidad
querían quedar bien con Dios, pero sólo era una representación del perdón de
los pecados. Este “Cordero de Dios”, que es Jesús, ofrecido a Dios para nuestra
salvación, es “el que quita el pecado del mundo”. Podemos decir que hoy no
gusta a muchos que se hable de pecado. Hoy por desgracia se ha perdido en
muchos ambientes la conciencia de pecado. Algunos rechazan el pecado como para
aliviar su conciencia, para disculparse. Pero la verdad es que nuestra sociedad
no es inocente. Y el pecado no está sólo en los individuos, sino en las
estructuras sociales, en los modelos de organización que se eligen y siguen sosteniéndose.
Pecado hay donde reina la injusticia, la explotación y marginación. Los
cristianos o personas de buena voluntad, que detectan el mal, no sólo deben
contentarse con detectarlo, sino dar testimonio de que puede ser vencido por
una vida donde reine el bien, la justicia, la paz y el amor.
El
hecho de que Jesús sea “el Cordero que quita el pecado” significa que es
nuestro Salvador. Y nos ha salvado uniéndose a nuestros sufrimientos. En otras
religiones Dios o los dioses están tan lejanos de la tierra que ni conocen ni
menos pueden tener experiencia de nuestros sufrimientos.
Nosotros
aceptamos a Jesús como “el Cordero de Dios”, porque, siendo Dios, se ha
acercado tanto a nosotros que está en medio de nuestros sufrimientos, no para
quitarlos, sino para que, sufriéndolos, podamos hacer que esos sufrimientos
tengan valor de redención. En estos tiempos actuales hay muchas personas que
viven tan metidos en los adelantos materiales que sienten no necesitar ningún
otro redentor que venga de fuera. No
sienten deseos de otra vida o del “más allá”. Les basta lo que pueden conseguir
con sus propias manos.
Jesús,
que ante el Bautista había pasado como un pecador, humillado, ahora es el que
“quita los pecados”. Cuando en la misa le aclamemos como “Cordero de Dios”,
sintamos que su entrega generosa nos sigue librando del mal que tantas veces
hemos hecho, y prometamos unir nuestros esfuerzos a los suyos para que en el
mundo haya un poco menos del mal y reine más la justicia y el bien.
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