Vemos hoy en el evangelio que una gran
muchedumbre sigue a Jesús. Se parece a algunos sucesos anteriores en que Jesús
curaba algunos enfermos, siempre haciendo el bien y predicando su doctrina;
pero ahora lo hace entre la contradicción de los fariseos que orgullosos veían
mal que la gente acudiera tras Jesús.
Esta muchedumbre es de
gente sencilla, que vienen unos de tierra judía y otros de tierra pagana,
atraídos todos por lo que han oído sobre las obras de Jesús. No son rechazados
por Jesús, porque tiene compasión de esa gente, como otras veces lo había
dicho, pero ve que además de ser gente ignorante, están equivocados en algo muy
importante. La gente le seguía casi exclusivamente porque les curaba. Ellos no
se preocupaban de aprender algo o de mejorar en su espíritu, sino que buscaban
una salvación, que en definitiva iba a ser muy temporal, no para la vida
futura. Ellos le tienen a Jesús como algo mágico, de modo que se quieren
abalanzar sobre él; pero, sin rechazarlos, procura apartarse y se sube a una
barca. Hoy también hay muchas personas que siguen a la Iglesia cuando hay algo
extraordinario o algo espectacular. Hay personas que buscan objetos religiosos
como si se tratara de algo mágico, sin preocuparse de formar su espíritu en
sintonía con Jesucristo. No hay que despreciar a tanta gente sencilla que tiene
una religiosidad en parte falsa; pero hay que tratar, con los medios que
podamos, de que se formen lo mejor posible en su corazón, para que aprendan lo
principal que es el amor a Dios y la entrega en servicio a los hermanos.
Esto de la barca tiene
dos sentidos o dos finalidades. Una es, como he dicho, el evitar que le toquen
con ese sentido mágico; pero también es para tener la oportunidad de poder
hablar mejor, de modo que más personas, que estaban junto al lago, le pudieran
oír y ver. Hoy Jesús usaría los altavoces, la radio y la televisión, como lo
hace también la Iglesia ;
pero evitaría defectos que nosotros, los humanos, tenemos. Uno que podemos tener en la predicación es el buscar
el triunfalismo. El demonio nos quiere engañar y, lo mismo que entonces,
quisiera hacer exclamaciones externas para incitar al egoísmo o la vanidad. Por
eso Jesús les hacía callar. Hay también demonios entre nosotros que incitan a
la violencia pretendiendo imponer alguna religión a la fuerza. Jesús huye de
estos triunfalismos y se sube a la barca, que le servirá para poder llenar
muchas almas de paz y esperanza en el amor de Dios.
El dueño de aquella
barca sentiría la bondad y el agradecimiento de Jesús. También Jesús nos pide
nuestras barcas para predicar. Barca para Jesús puede considerarse cuando una
familia presta su casa para un encuentro espiritual, como sucede a veces en las
misiones populares. Pero barca para Jesús es sobre todo nuestro ser, nuestra
voz o nuestras manos, cuando son instrumento de evangelización. A Jesús no
basta con oírle, sino que es necesario reconocerle en medio de las alegrías y
contratiempos de la vida. No se puede fiar de las aclamaciones de la multitud,
que a veces se entusiasma por cosas pasajeras, sino que desea el entusiasmo que
cada uno ponga en lo profundo de su corazón, reavivando su fe quizá adormecida.
Lo mismo que en el
evangelio, hoy también hay muchedumbres que andan necesitadas de la verdad y de
la misericordia de Jesús. Algunos acuden sin saber por qué; pero hay otros
muchos que están necesitados y no acuden a Jesús, como solución a los problemas
de la vida. Muchos no lo hacen por culpa de nosotros que nos sentimos cómodos
en la Iglesia ,
pero que por pereza no sabemos o no queremos mostrarles la verdadera salvación.
La Iglesia
siempre es misionera, pero por mucha técnica que tengamos o una barca con
muchos adelantos, si en ella casi hemos echado fuera a Jesús por nuestra
vanidad, nada conseguiremos. Que Jesús
llene todo nuestro ser, que le amemos con todo el corazón y nos entusiasmemos
con El para que podamos ser instrumentos de paz y de bendición.
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