sábado, 29 de abril de 2017

3ª semana de Pascua. Domingo A-2017: Lc 24, 13-35


El tiempo de Pascua es de alegría porque Jesús resucitó. Esta es la gran verdad central de nuestra fe. Por eso los apóstoles lo predicaban con entusiasmo a todos. Así nos presenta hoy la primera lectura a san Pedro hablando el día de Pentecostés. Pero también el evangelio de este tiempo da fe en la resurrección por las apariciones que los discípulos tenían de Jesús resucitado. Son experiencias espirituales, muy difíciles de expresar, pero que quienes las tienen se dan cuenta con toda certeza de que Jesús vive, que ha resucitado y que todo lo que sufrió tiene un final feliz.
En este día la Iglesia nos recuerda la aparición a dos discípulos que iban aquella tarde del domingo a su aldea de Emaús. Iban tristes, muy desesperanzados. Habían puesto toda la ilusión en Jesús y ahora veían que todo se había terminado. Amaban a Jesús; pero su amor y su esperanza eran demasiado materialistas. Habían puesto su esperanza en un mesianismo solo material. Por eso dice el evangelista que sus ojos estaban cerrados cuando se acerca Jesús y se pone a caminar junto a ellos. Jesús ve el amor y quiere corregirles en sus ideas falsas sobre el Mesías. Podemos decir que juega un poco con ellos, va apareciéndose poco a poco. Primero es un caminante algo entrometido, luego se hace un caminante interesante, porque comienza a explicarles las Escrituras. Jesús nunca nos abandona, si por lo menos tenemos amor. A los dos discípulos les agrada hablar sobre Jesús con aquel caminante.
A muchos de nosotros nos puede pasar como a aquellos dos: tenemos sobre Jesús, y en general sobre todo lo de la religión, unos conceptos demasiado materiales. Pensamos en la religión para éxitos o ventajas materiales, o para ganar prestigio social o quizá para conseguir consuelos y regalos espirituales. Y cuando vemos que la religión verdadera está sobre todo en la cruz de cada día y en el servicio a los demás, nos echamos para atrás y volvemos al mundo viejo con costumbres mundanas.
A veces perdemos la poca esperanza que teníamos, por cualquier dificultad. Y no nos damos cuenta que Jesús camina con nosotros. Aunque no le reconozcamos, El va siempre con nosotros. Y nos escucha. Por eso es tan importante ponerse al habla con Jesús. El está junto a nosotros, porque es hombre-Dios resucitado, está en los pobres, está en la Iglesia, está sobre todo en la Eucaristía.
Aquellos dos discípulos, estimulados por la explicación que Jesús les había dado sobre la Escritura, quieren tenerle cerca y le invitan a que se quede con ellos para cenar. Entonces Jesús se hace plenamente reconocible en “el partir el pan”. La Iglesia siempre ha visto aquí como un esquema o símbolo de la Eucaristía. Primero asisten a la explicación de la Palabra de Dios y luego a compartir el pan con el mismo Jesús. Primeramente les había ido explicando cómo es necesario que el Mesías pasase por la cruz para luego llegar a la resurrección. Jesús con paciencia les devuelve la fe y la esperanza, y ellos recuperan la alegría y el amor.

Jesús camina con nosotros en nuestros quehaceres de cada día; pero de una manera especial está en la Misa. La misa tiene dos partes principales: Primeramente la explicación de la Palabra de Dios. Puede ser que esa misma explicación nos guste más o nos guste menos; pero Cristo está ahí presente iluminando nuestro corazón. Por eso debemos abrir nuestro corazón a esa presencia de Jesús por medio de la Palabra de Dios. Y luego viene la Eucaristía, donde “damos gracias a Dios” por la presencia real de Jesús entre nosotros. Jesús quiere compartir su propio cuerpo y sangre. Es un solo acto de culto con dos partes. Y como en esta vida no es todo recoger frutos gloriosos, sino que hay que sembrar, compartir, trabajar y servir, debemos hacer como los dos de Emaús: Si sentimos que Jesús verdaderamente ha resucitado en nuestra vida, debemos compartirlo con los demás. Nuestra vida para los otros debe ser una vida donde se manifieste Jesús resucitado.

martes, 25 de abril de 2017

25 de Abril. San Marcos evangelista: Mc 16, 15-20


Su nombre era Juan Marcos, según la costumbre en algunos ambientes de ponerles dos nombres, uno judío, Juan, y otro romano, Marcos. Parece que su madre era María, donde se hospedaban los apóstoles en Jerusalén y donde fue san Pedro al salir de la cárcel: “a la casa de María”. El padre de Marcos, que debía haber sido sacerdote del templo, parece que había muerto, pues no se le nombra.
Ese sería el lugar del cenáculo y de la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Parece ser que la familia tenía una casita cerca de Getsemaní, donde habría ido el joven Marcos a pasar la noche el jueves santo. Con el ruido habría salido envuelto en una sábana y habría tenido que huir desnudo. Por algo lo cuenta él mismo.
Todo eso no es cierto; pero lo cierto es que haciéndose algo mayor, fue bautizado por san Pedro en su misma casa. Por eso en la primera lectura de hoy san Pedro llama hijo a Marcos. Éste, creyéndose ya fuerte en la fe, decidió acompañar a su primo Bernabé en el apostolado, quien llevaba como compañero al mismo san Pablo.
Marcos, que todavía era débil, quizá en lo corporal y en lo espiritual, tuvo miedo a las dificultades de la misión y prefirió volverse con su madre. Cuando más tarde se arrepintió y quiso volver con Pablo y Bernabé, san Pablo, que era fuerte de temperamento, no le quiso admitir, y san Bernabé que confiaba en el arrepentimiento y la valía de su primo Marcos, decidió ir con él a otra misión diferente.
No duró mucho esa misión, pues pronto se hace acompañante de su padre espiritual, que era san Pedro, y va con él a Roma y es como su secretario, de modo que, como nos dice la tradición, personas importantes cristianas le impulsaron a Marcos a que escribiese lo que predicaba Pedro, de modo que, como dicen muchos, el evangelio de Marcos es como el escrito resumido de la predicación de san Pedro.
Con esto nos enseña san Marcos que el mérito de la fe no está sólo en las grandes figuras o principales predicadores, sino también e igualmente en aquellos que con su ayuda servicial de segundo plano hacen que el Evangelio pueda extenderse por todos los diferentes ambientes que puede haber en el mundo.
El evangelio de este día está tomado de las últimas palabras con las que se termina el evangelio de Marcos. Jesús se aparece a los once apóstoles, quizá sea la última vez, y les envía a predicar por todo el mundo. Con ello muestra el sentido universalista de la Buena Nueva de Jesús. Es un envío, no sólo determinado para aquellos once, sino para todos sus sucesores y en parte para todos los creyentes. La primera razón es porque es un mandato para ir por todo el mundo y aquellos once no lo pueden concluir.
El Evangelio de Jesús es de salvación. Para conseguirlo es necesario el creer y el bautizarse. Es decir que nos tenemos que entregar a él en cuerpo y en alma. Creer significa una entrega total. Y si hay verdadera fe, se verán unos signos prodigiosos.
Jesús promete unos signos especiales a los predicadores. Es verdad que mucho de ello es simbólico; pero también es verdad que se dieron y se dan muchas veces. Al principio parece que bastante más, pues era necesario comenzar con buenos cimientos. Pero signos externos extraordinarios siguen dándose con cierta frecuencia.
Dios manifestaba ya su presencia salvífica con Moisés y los profetas. Mucho más con Jesucristo. Ahora Él lo promete a la Iglesia. Cuando se realizan por medio de una persona viva o muerta, es una señal de que Dios está presente allí. El mayor milagro es el amor. Con el amor se trasforman los corazones.

San Marcos comienza el evangelio diciendo que no es “su evangelio” sino el evangelio de Jesús, que es el Mesías e Hijo de Dios. San Marcos es el trasmisor. Le pidamos que nosotros seamos también trasmisores del amor de Dios. Para ello primero debemos empaparnos de ese amor y de su doctrina. Después hacer que nuestra vida sea como un evangelio viviente en las manos del Señor.

miércoles, 19 de abril de 2017

¿Porqué no uno de vosotros?

Hace unos años un artículo de la Revista Vida Nueva del 14/3/98, el año de mi ordenación sacerdotal nos hablaba de que el número de fallecimientos de los curas doblaban al número de los seminaristas que se ordenaban cada año. Ese año el lema de la jornada vocacional fue: "Hombres del Espíritu"Este año 2017 el lema presentado para las vocaciones ha sido: “Cerca de Dios y de los hermanos”, con el que se pretende señalar la necesidad que nuestra sociedad tiene de los sacerdotes como “guías del espíritu” y cercanos a los hombres.
La Comisión Episcopal de seminarios afirma que los sacerdotes están llamados a ayudar a las personas de una manera especial en la dimensión profunda de la vida y en la relación con Dios. La necesidad de estos guías del espíritu es palpable.
La falta de vocaciones y un aparente descenso del espíritu misionero de los sacerdotes está llevando a muchas diócesis a tener problemas para encontrar personas que sustituyan a los sacerdotes mayores que trabajan actualmente en las diócesis y en las misiones. Perder el espíritu diocesano y misionero significa perder el sentido de universalidad que ha caracterizado a la Iglesia.
Antes, las familias jugaban un papel fundamental y decisivo en la vocación del hijo, hoy ya no es así, sino que el factor terminante son las comunidades y los grupos eclesiales donde se insertan los jóvenes. Por otro lado, cada vez son más las vocaciones maduras  que llegan al seminario, después de haber acabado una carrera universitaria, cultivadas en un medio urbano y universitario. Este fenómeno coincide a su vez con el acceso al matrimonio cada vez más tardío. “Estamos ante una característica generacional”.
A nivel de nuestra diócesis el problema vocacional es URGENTE, aunque todavía haya curas.  Es obvio reconocer que la media de edad es muy alta y que de aquí a unos años el problema se va a agudizar. Nuestra diócesis definida por mí es como un enfermo en fase terminal al que le quedan unos pocos años de vida si no se encuentra un tratamiento para la sequia vocacional. El Seminario asumió la pastoral vocacional y el equipo de formadores trató de invitar a aquellos jóvenes que sentían una posible llamada al sacerdocio. Es fundamental la involucración por parte de los curas diocesanos en una búsqueda conjunta por fomentar las vocaciones desde la espiritualidad sacerdotal y diocesana. En el ámbito parroquial sería necesario incrementar este aspecto y hacer la invitación a los adolescentes y los jóvenes para que durante su proceso de formación cristiana vayan o participen de alguna manera en encuentros que les ayude a hacer un discernimiento vocacional. Dios siempre ha seguido llamando y aunque no es fácil dar el paso, menos aún sino animamos a que los hijos puedan hablar y discernir esa llamada a través del testimonio de otros que ya fueron llamados y respondieron.


¡TÚ PUEDES SER UNO DE ELLOS!

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección-2017: Jn 20, 1-9

                           

 Evangelio significa Buena Noticia. Hoy se nos da la mejor de las noticias: Cristo ha resucitado. Si Cristo no hubiera resucitado nuestra fe sería vana, descansaría en el vacío y en la muerte. Pero Cristo resucitó y nuestra fe se acrecienta en la esperanza de que nosotros también un día podemos resucitar y entrar en la vida definitiva. Proclamar la Resurrección es anunciar que la muerte está vencida, que la muerte no es el final.
Nadie fue testigo del momento de la resurrección del Señor, porque no fue un hecho físico y sensible como el de levantarse del sepulcro para vivir la vida de antes. Fue un hecho estrictamente sobrenatural. Los apóstoles no vieron el hecho transformante, pero fueron testigos de los efectos: Vieron a Jesús, le palparon, y este acontecimiento les trasformó totalmente la vida. Hay personas que quizá piensen que la resurrección de Jesús fue como un revivir, como fue lo de Lázaro, la hija de Jairo o el joven de Naín. En ese caso después tendría que volver a morir. Lo que sucedió a Jesús fue un paso adelante hacia otra vida superior, hacia una vida para siempre, una vida que será para nosotros.
Hoy lo primero que se nos pide es un acto de fe: creemos que Cristo resucitó, que vive entre nosotros. Cristo resucitó y por lo tanto vive para nosotros y en nosotros. La Resurrección del Señor no es un acto que pasó. Es actual, porque vive y lo debemos sentir que está con nosotros. La Resurrección nos revela que Dios no nos abandona, sino que está con nosotros en nuestro caminar de la vida. Por eso es un día de acción de gracias y de alegría. La alegría es un fruto del Espíritu Santo. No debemos ahogarla aunque hayamos sufrido con Cristo clavado en la cruz el Viernes Santo. Precisamente a aquellos que más unidos estuvieron con el dolor de Jesús en su muerte, en el día de su resurrección Jesús les quiere dar una mayor alegría. Sentir la alegría de Cristo resucitado sería una gracia que debemos pedir a Dios vivamente en este día.
El evangelio de este domingo nos cuenta cómo María Magdalena, al ver el sepulcro vacío, va a contárselo a los apóstoles. Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, marchan a toda prisa al sepulcro. Los dos ven lo mismo: que el cuerpo del Maestro no está, que las vendas y ropa están bien colocadas, cosa que no harían unos ladrones, y el que más ama cree. La fe verdadera es una mezcla de razones y de amor. En este día se nos dan razones para creer, sobre todo por el testimonio de los apóstoles y otras personas, que sintieron transformada su vida y con su predicación comenzaron a transformar al mundo. Así nuestra vida de cristianos tiene que ser también un testimonio de que Cristo vive entre nosotros. Y esto será verdad, si nuestra vida es una vida de seres resucitados o vivificados por el impulso de Jesucristo.
Como al discípulo amado también nuestro amor debe llevarnos a la fe. La alegría de la Pascua madura sólo en el terreno de un amor fiel. También nuestro apostolado será más eficaz, si vivimos como personas resucitadas con Cristo.  Hoy san Pablo nos dice en la segunda lectura que, si hemos resucitado con Cristo, debemos aspirar a los bienes de arriba. Es lo mismo que cuando pedimos que “venga su Reino”.
Cuando comenzaron a predicar los apóstoles, como se dice en la primera lectura, el principal mensaje era la Resurrección de Jesús: que El vive. Por eso se enciende el cirio pascual en la liturgia: para recordarnos que Cristo está vivo entre nosotros. En verdad, como decía san Pablo, si Cristo no hubiera resucitado seríamos “los más miserables de los hombres”.

Es el día de avivar el compromiso bautismal para estar más unidos a Cristo, como se hacía anoche en la Vigilia. Hoy saludamos con alegría a la Virgen María, que fue la que más se alegró en ese día. Y la pedimos que nos ayude a que vivamos en nuestro corazón el misterio de esta alegría, para que podamos dar testimonio en nuestro trabajo de cada día del amor y la esperanza que Cristo resucitado nos da en nuestro caminar.