Hoy les dice Jesús una
parábola a los apóstoles en plan de pregunta. Jesús aquí, como en tantos
lugares del evangelio, les está diciendo que la actitud ante Dios no debe ser
como la de los fariseos. Otras veces les ha hablado de la hipocresía. Hoy les
quiere decir que los fariseos, por el hecho de que hacen muchas obras de
religión, aunque sólo sea externamente, se creen que tienen un derecho sobre
Dios, como que Dios les debe algo, o como que han hecho un favor a Dios. Y se
sienten orgullosos por ello en la oración. Son algo así como niños que sólo
hacen sus deberes si les dan un premio, o se parecen al hermano mayor del hijo
pródigo que se queda en casa haciendo su deber, pero no por amor al padre, sino
esperando la recompensa. Seguramente, cuando se escribió este evangelio, había
grupos de cristianos, provenientes de los judíos, que seguían teniendo esa mentalidad.
Hoy nos dice Jesús que
no tenemos que ser exigentes, sino agradecidos porque todo es gracia de Dios.
Si somos criaturas de Dios, lo mejor para nosotros es cumplir la voluntad de
Dios. Es la postura de los “humildes de corazón”, a quienes Jesús llama
“bienaventurados”. Es la postura de quien sabe que ha cumplido con lo que tiene
que hacer. Por eso debe preocuparse de conocer la voluntad de Dios.
Hay personas que se
creen “héroes” porque han hecho las cosas sencillas que deben hacer: ser
puntuales en los compromisos, respetar las señales de tráfico, hacer los
deberes del colegio... Algunos se creen héroes en la religión porque van a misa
los domingos o cumplen los mandamientos.
Hay gente que cree no
tener que agradecer nada a nadie, porque todo se lo debe a su propio esfuerzo.
En realidad deben a Dios la vida, el entendimiento, el vigor para trabajar.
Reconocerlo es el primer deber respecto a lo que debemos hacer. Luego trabajar
según vamos aprendiendo cuál es la voluntad de Dios sobre nuestra vida,
nuestros ideales, nuestro trabajo. No se trata de hacer grandes cosas, sino de
hacer esas cosas siguiendo el camino que Dios nos va enseñando. Hoy nos enseña
que todo eso no lo debemos hacer por esperar un aplauso, aunque Dios sí nos
aplaude, sino porque ese es nuestro destino que, por venir de parte de Dios, es
al mismo tiempo nuestra felicidad. Una buena madre, cuando atiende a su hijo
enfermo, no lo hace porque este hijo la premie, sino por amor. He aquí
últimamente el móvil de todos nuestros actos. Si Dios nos ha dado tanto por
amor, de una manera gratis ¿No estaremos nosotros dispuestos a corresponder
aunque fuera gratis?
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